Todo lo que se nos lleva a hacer como cristianos, debemos hacerlo sólo por la gloria de Dios recordándonos que somos salvos por la fe y no por las obras. Sin embargo, la fe sólo tiene valor si va acompañada de las obras (Santiago 2:14-26). Por lo tanto, debemos, para que nuestra fe sea activa para prosperar el plan de Dios.

Si las gafas con sus diferentes lentes (progresivas, cercanas, de lejos, antirreflectantes…) permiten una mejor vista, el Señor, él, quiere abrir nuestros ojos espirituales para que podamos ver todas las necesidades de la iglesia local, nuestra comitiva y la misión global. Por lo tanto, por la conducta del Espíritu Santo no seremos influenciados por el mundo ni deslumbrados por los reflejos de su falsa luz.

En efecto, la Iglesia está llamada a ir de un lugar a otro como luz para iluminar las tinieblas que cubren el mundo. Primero debemos aceptar que Dios señala con el dedo el menor de nuestro pecado que se esconde en nosotros (por ejemplo: los seis esposos del samaritano). Por la Palabra y la oración, permita mosqueten a Dios nuestro temperamento y nos libere de toda incredulidad. Recibimos del Espíritu Santo el poder de superar todos nuestros límites y de dar fruto para ser verdaderos testigos de Cristo. Por lo tanto, nos demos cuenta de que cada uno de nosotros es útil para su trabajo.

Por eso el Señor quiere que, por amor, nos dediquemos a él, no por razones. Porque, si en el trabajo hacemos horas extras para ganar más dinero, cree que en Jesús ya hemos recibido plenamente (Colosenses 2:10).

Para que nuestra fe sea firme y se transforme en profundidad, debemos ser asiduos con los cultos. Es en este lugar donde Dios quiere encontrarse con nosotros, para hablarnos el ejemplo de la mujer samaritana al borde del pozo. Debemos escuchar al Señor y obedecerlo, sometiéndonos totalmente al Evangelio.

Si aprovechamos nuestra identidad, es decir, heredero del Reino de Dios, dejaremos de dar excusas que nos impiden servir plenamente su plan (trabajo, fatiga, citas, hijos, problemas,…). Entonces, con alegría y libertad, pondremos todo lo que somos y poseemos a su disposición (persona, tiempo, familia, propiedad, finanzas,…).

Debemos amar hacer la voluntad de Dios y su obra, predicar el Evangelio (Juan 4:34). Nuestro testimonio debe precedernos para abrir el corazón de aquellos que nos escucharán. La gente de la aldea fue preparada por el testimonio de la mujer samaritana antes de creer en Jesús. Al igual que los cristianos de la Iglesia de Tesalónica, que Dios nos haga verdaderos modelos de fe para que los corazones de los no creyentes se abran al Evangelio (1 Tesalonicenses 1:1-8).

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